Vivimos en un entorno donde la atención se ha convertido en un recurso económico. Plataformas digitales, redes sociales, videojuegos y servicios de streaming están diseñados para captar el foco de las personas durante el mayor tiempo posible. Esto impacta en múltiples ámbitos de la vida cotidiana, pero en pocos se siente tan profundamente como en la educación.

En el aula —presencial o virtual— la atención de los estudiantes ya no es un punto de partida, sino una meta difícil de alcanzar. Docentes de todos los niveles advierten que mantener el interés sostenido se ha vuelto cada vez más complejo. No porque los contenidos no sean relevantes, sino porque compiten con sistemas diseñados para ser más atractivos, inmediatos y personalizados que cualquier clase.

Este fenómeno no se limita al uso de dispositivos. Tiene que ver con un cambio más profundo en cómo se construye la experiencia del aprendizaje. Las dinámicas de consumo de información —fragmentada, visual, interactiva— modelan las expectativas de los estudiantes sobre cómo debe ser el conocimiento: breve, fácil de digerir, y, en muchos casos, entretenido.

En este contexto, enseñar requiere repensar no solo qué se enseña, sino cómo se construyen las condiciones para que el conocimiento tenga lugar. No se trata de convertir la educación en un espectáculo, ni de competir con TikTok en velocidad, sino de recuperar el valor del tiempo lento, del pensamiento complejo y del aprendizaje sin atajos.

Algunas experiencias educativas ya están explorando caminos alternativos: clases que combinan narrativas visuales con momentos de silencio; prácticas de lectura profunda sin interrupciones; espacios para la reflexión sin pantallas; y propuestas pedagógicas que ayudan a identificar cómo funciona la atención y cómo podemos recuperarla.

Frente a un sistema digital que busca retenernos, educar hoy implica también formar en la gestión de la atención: ayudar a niños, niñas y adolescentes a reconocer cuándo están presentes y cuándo no, qué los dispersa y qué los conecta, cómo entrenar su foco en un entorno que todo el tiempo lo dispersa.

La economía de la atención plantea un desafío urgente: en un mundo diseñado para distraer, enseñar también es enseñar a concentrarse. Porque sin atención, no hay aprendizaje posible.