Vivimos en una era de abundancia de opciones: desde qué serie mirar hasta qué yogur comprar. A primera vista, esto parece genial: más libertad, más personalización, más posibilidades. Pero, curiosamente, puede tener el efecto contrario.

El psicólogo Barry Schwartz lo llamó la paradoja de la elección. Demostró que, cuantas más opciones tenemos, más difícil se vuelve decidir… y menos satisfechos quedamos con lo que elegimos.

Esto ocurre porque el cerebro se agota al comparar múltiples alternativas. Y una vez que elegimos, la mente empieza a preguntarse: “¿Y si la otra opción era mejor?”. Esa duda constante alimenta la insatisfacción.

Además, el miedo a equivocarse se intensifica. Queremos tomar la “mejor decisión”, lo que puede llevar a postergar elecciones o vivir con ansiedad incluso después de haber decidido.

En culturas donde hay menos opciones o las decisiones son más comunitarias que individuales, los niveles de satisfacción tienden a ser más altos. A veces, tener menos es más… sobre todo cuando se trata de claridad mental.

Aprender a simplificar, a limitar conscientemente las opciones y a aceptar que no hay decisiones perfectas puede ser liberador. Porque la felicidad no está en elegir perfecto, sino en elegir y seguir adelante.