El lanzamiento del telescopio James Webb en 2022 marcó un antes y un después en la exploración del cosmos. Con una capacidad de observación sin precedentes, este observatorio ha comenzado a ofrecer imágenes del universo primitivo, a solo unos cientos de millones de años del Big Bang.
A diferencia de su antecesor, el Hubble, el Webb opera principalmente en el espectro infrarrojo, lo que le permite ver a través del polvo cósmico y captar señales de galaxias extremadamente lejanas. Esto ha permitido descubrir estructuras más antiguas y complejas de lo que se pensaba.
Entre sus hallazgos más recientes destacan galaxias que contradicen las teorías actuales sobre la formación temprana del universo. Algunos astrofísicos ya están revisando modelos para explicar cómo pudieron formarse tan rápido y con tanta masa.
Además, el Webb está siendo utilizado para estudiar atmósferas de exoplanetas en busca de signos de vida. Aunque aún no se ha encontrado evidencia concluyente, los avances tecnológicos abren nuevas posibilidades para detectar compuestos orgánicos fuera de la Tierra.
Por si fuera poco, la colaboración internacional detrás del Webb ha demostrado que la ciencia puede ser un espacio de unión global. Estados Unidos, Europa y Canadá han trabajado conjuntamente en su diseño y operación.
A medida que continúe su misión, el telescopio James Webb no solo responderá preguntas sobre nuestro origen, sino que probablemente planteará otras nuevas, como todo buen proyecto científico.





