Estar cansado dejó de ser una excepción para convertirse en la norma. Dormimos, descansamos el fin de semana y aun así sentimos agotamiento. No siempre es falta de sueño, muchas veces es sobrecarga mental.

La exposición constante a información, notificaciones y decisiones pequeñas drena energía sin que lo notemos. El cerebro no distingue entre un problema importante y una alerta irrelevante: todo consume recursos.

Además, existe una presión social por estar siempre disponibles y responder rápido. Esto genera una tensión constante que impide una recuperación real, incluso en momentos de descanso.

Descansar no es solo dormir, también es desconectarse, reducir estímulos y bajar expectativas. A veces, el cuerpo descansa pero la mente sigue corriendo.

Reconocer este cansancio invisible es el primer paso para cambiar hábitos. No se trata de hacer más pausas, sino de vivir con menos ruido.