Muchas decisiones están atravesadas por el temor a defraudar a otros. Familia, amigos o entornos laborales influyen más de lo que solemos admitir.

Este miedo lleva a aceptar caminos que no siempre sentimos propios. Decimos que sí para evitar conflictos, aunque el costo sea interno.

Con el tiempo, postergarse genera resentimiento y cansancio. Decepcionar hacia afuera puede doler, pero hacerlo hacia adentro pesa más.

Aprender a poner límites no elimina el miedo, pero lo vuelve manejable. No todos van a entender, y eso también es parte del proceso.

Elegirse no es egoísmo, es honestidad. Y la honestidad, aunque incómoda, suele ser más sana.