Los lugares que habitamos influyen más de lo que creemos. La luz, los colores y el orden afectan directamente cómo nos sentimos. Un espacio puede generar calma o estrés.
Un ambiente desordenado suele producir sensación de caos mental. En cambio, un espacio limpio y simple facilita la concentración. El entorno acompaña nuestros procesos internos.
La iluminación natural mejora el ánimo y la energía. Pasar muchas horas en lugares oscuros puede afectar la motivación. Pequeños cambios pueden tener gran impacto.
Personalizar los espacios también es importante. Objetos significativos generan sensación de pertenencia y comodidad. No se trata de lujo, sino de identidad.
Prestar atención al entorno es una forma de autocuidado. Ajustar el espacio puede mejorar el bienestar diario. A veces, cambiar el lugar cambia la experiencia.





